Hace poco tuve la alegría de ver reflejado parte de mi trabajo en las páginas del libro «No
necesitamos banderas: Los Prisioneros en Perú», de Alejandro Tapia. Este texto documenta
un hito fundamental en mi carrera: mi rol como agente internacional para la apertura del
mercado peruano a la música chilena, siendo la gestión de la carrera de Los Prisioneros
en Perú uno de mis logros más destacados.
La historia se remonta a 1986. Al identificar el potencial de la escena limeña tras un
hallazgo fortuito en una cachina santiaguina, decidí emprender el viaje a Perú. Como
productor independiente, mi objetivo fue claro: tender puentes reales para nuestros
artistas.

En ese contexto, mi gestión fue clave para Los Prisioneros en Perú. Al detectar que su
música comenzaba a sonar orgánicamente en las discotecas limeñas, entendí que no
podíamos dejar pasar la oportunidad. Fue entonces cuando, como José Rubén Olivos,
inicié las gestiones directas con su mánager, Carlos Fonseca, para estructurar una
estrategia de promoción efectiva en el mercado peruano, lo cual fue determinante para su
consolidación en los rankings internacionales.
Hoy, al ver este proceso reflejado en una investigación periodística seria, me siento
orgulloso de haber contribuido a que bandas chilenas lograran cruzar la cordillera con
éxito, marcando un precedente en la historia de la música latinoamericana.
Nota: Este artículo está basado en la narración de los hechos publicada en el libro No necesitamos
banderas: Los Prisioneros en Perú, págs. 38-39, de Alejandro Tapia (Borrador Editores).


